Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.
Salmo 51:2,3
David no estuvo reposando tranquilamente, sin preocupaciones, tomando sorbos de limonada en el patio de su casa, después de cometer su adulterio. De esto puede estar seguro. Sus noches eran de insomnio. Podía ver su pecado escrito en el techo de su habitación mientras daba vueltas en la cama. Lo veía escrito en las paredes. Lo veía en el plato cuando trataba de comer. Lo veía en los rostros de sus consejeros. Era un esposo desgraciado, un padre irritable, un pésimo líder, un compositor estéril. Vivía una mentira, pero no podía huir de la verdad.
No tenía gozo. (“Devuélveme el gozo de tu salvación” Salmo 51.12.) Vacilaba, y se sentía inferior e inseguro. (“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro y renueva un espíritu firme dentro de mí”, Salmo 51:10.) Eso es lo que hace el pecado. Es parte de la paga que él exige inevitablemente. Un cristiano carnal dirá: “Todo está perfecto. No me molesten. Soy realmente libre … lo estoy pasando bien … estoy actuando bien; lo que pasa es que ustedes no tienen idea de cómo me siento”.
Pero la cosa es distinta por dentro. Todo es vacío, hueco, triste, sin sentido. Un cristiano verdadero no puede negar esto. La culpa verdadera está allí, siempre allí, oprimiéndolo. Es por eso que David dice: “renueva un espíritu firme dentro de mí”, queriendo decir: No lo he tenido durante demasiado tiempo.
Dios esperó, hasta que llegó el momento perfecto para enfrentar a David con su pecado. Primero dejó que las ruedas trituradoras del pecado hicieran su trabajo y entonces intervino. Es que Dios no sólo hace lo correcto, sino que lo hace en el tiempo correcto. Cuando se trata de confrontar a alguien con su pecado, el momento de hacerlo es tan importante como las palabras.
Dios no sólo sabe cuál es el momento perfecto, sino que también escoge a la persona perfecta.

