Jesús demostró una personalidad equilibrada, en la que no se dejó arrastrar por emociones
negativas. Me parece que tuvo que ver con la combinación de la serenidad de su mente y la
integración adecuada de sus experiencias de amor por la humanidad. Desgraciadamente, la cultura
de lo virtual ha creado un mundo más artificial, desequilibrado, que nos aleja cada vez más de los
principios de paz, conexión humana y de expresiones afectivas. Podemos estar tan inmersos en la
rutina mecanizada, que nos alejamos del modelo de Jesús: servicio, conexión, contemplación,
bondad, amor, empatía y afecto.
Ante el sufrimiento y los desafíos de la vida, el Señor demostró gran inteligencia emocional. Es muy
importante tener la capacidad de identificar y conocer nuestras emociones; a la vez que
desarrollamos la habilidad de manejar de forma efectiva las emociones de los demás. Siendo Jesús,
el Gran Maestro de la sabiduría emocional, somos desafiados a desarrollar esta extraordinaria
habilidad.
La inteligencia emocional es una destreza que se cultiva, se trabaja y crece. El hecho que
reconozcamos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, no quiere decir que los asuntos
psicoemocionales han quedado automáticamente resueltos, solucionados y sanados. Todos nos
encontramos en un proceso de madurez y crecimiento continuo. Esta habilidad es altamente
necesaria desarrollarla, porque todos nos encontramos en posiciones de impactar a otros y de
impactarnos a nosotros mismos.
Características que tiene una persona con inteligencia emocional:
• Reconoce sus fortalezas y áreas de mejoramiento. Es una persona que identifica y tiene
claro sus pensamientos, acciones y reacciones. Las áreas con las que se siente satisfecho y
cuáles deben ser modificadas, están claras. Conoce sus puntos fuertes y acepta lo que debe
mejorar. No deja de trabajar en sí mismo para convertirse en una mejor versión. Jesús tenía
unas convicciones contrarias a las de su época, pues Él enseñaba sobre la importancia del
desarrollo interior. Quería producir personas que se interiorizaran y que esto fuera un
fundamento más fuerte de lo que se puede proyectar en el exterior.
• No presenta contradicciones entre lo que piensa, habla y en cómo vive. Hay armonía entre
lo que manifiesta por fuera y en cómo vive por dentro. Son personas asertivas. La asertividad
es la habilidad de manifestar y expresar nuestros sentimientos de una manera directa y franca;
pero sin dejar de ser amables y mostrar amor. Jesús habló lo que sentía y siempre vemos que
hubo sintonía entre lo que hablaba y el testimonio que reflejaba a los demás. Manifestó siempre
lo que estaba en Su interior, pero usando permanentemente la misericordia, el amor y la gracia.
• Expresa sus opiniones, pero sin lastimar. La aproximación que tiene con las demás personas
es con el fin de levantar y edificar. Jesús conocía perfectamente las limitaciones humanas y
cuán difícil es gobernar nuestras reacciones en los momentos estresantes. Estaba consciente
de que fácilmente nos equivocamos y nos castigamos o castigamos a los demás. Siempre
generó un clima tranquilo y conciliador en Sus relaciones interpersonales. Nunca humilló, ni
denigró a nadie. Dijo lo que pensaba, pero siempre lo hizo alzando la bandera del amor y de la
compasión.
• Se levanta de las crisis de la vida. No se rinde. No se queda en el suelo. No renuncia ante
las presiones. Los momentos dolorosos y los más críticos son transformados en un escalón de
aprendizaje y transformación. A Jesús, constantemente, se le presentaban situaciones que eran
para que se rindiera. Fue perseguido, criticado, tentado, traicionado y probado. Sin embargo,
se proyectó centrado en Sus objetivos. Su gran momento de dolor fue Su catapulta a la victoria.
Él venció.
• Vive en gratitud. Tiene la habilidad de hacer inventarios de sus bendiciones. Se concentra más
en las cosas positivas que le suceden, en lugar de priorizar las negativas.
Algunos ejemplos donde Jesús demostró gratitud al Padre Celestial son:
A. Cuando fue a orar por la resurrección de Lázaro, dando gracias a Dios por haberlo oído (Juan
11:41). Antes de que en efecto se manifestara el milagro de la resurrección de Su amigo Lázaro,
ya Jesús estaba dando gracias al Padre porque lo había escuchado. Esto nos enseña a dar
gracias en forma anticipada por el milagro que estamos esperando. La fe es que aun cuando
nuestros ojos físicos no han visto nada, ni nuestros oídos carnales han escuchado, creemos
que el Padre ha concedido nuestra petición.
B. En “la Última Cena”, cuando se encontraba próximo a Su arresto y a la crucifixión, dio gracias
por la copa que tipificaba Su sangre derramada en la cruz (Lucas 22:17). Se encontraba a la
puerta de enfrentarse a un rudo arresto. Sus amigos no iban a estar cerca. Estaba a pocas
horas del escarnio y la tortura, sin embargo, tuvo la capacidad de dar las gracias en medio de
las circunstancias que estaba enfrentando.

