Una vez escuché un comentario de alguien que se refería a cómo dos hermanitos discutían muy acaloradamente. Cuando el mayorcito se le terminó toda su batería de argumentos para persuadir al otro para que dispusiera su mala actitud, le dijo que debía portarse bien, porque de lo contrario su papá no lo amaría. El papá que estaba escuchando llamó al menor para decirle que no era cierto lo que decía su hermanito. Ante la sorpresa del niño, el padre agregó que indistintamente, por su sola condición de ser padre, los amaría igual si fueran malos o si fueran buenos, tan sólo que habría una diferencia entre uno y otro amor. Si eran buenos, los amaría con un amor que se pone contento y, si eran malos, los amaría con un amor que duele. Sin embargo, el amor siempre estaría presente en él para sus hijos.
“El amor jamás se extingue, mientras que el don de profecía cesará, el de lenguas será silenciado y el conocimiento desaparecerá” 1 Corintios 13:8
Si este es el sentimiento de un padre terrenal con todas sus limitaciones, cuanto más es el amor de Dios nuestro Padre, ya que por naturaleza “Dios es amor”. Ama al santo y ama al pecador, sin embargo, podemos imaginar que el amor con que ama a uno y a otro es diferente. Mientras el amor que tiene para uno es de gozo, el que tiene por el otro es causa de tristeza; sin embargo, la buena noticia es que se trata de un amor paciente y eterno, que espera que nuestra conducta cambie, nuestros pasos se enderecen y nuestra actitud pecaminosa sea transformada por su Espíritu que mora en nosotros y nos advierte sobre el hacer bien o mal.
¡Qué bueno es saber que tenemos un Dios de tanto amor, paciencia y misericordia! Es válido saber que también, que Él espera que mostremos ese mismo amor los unos por los otros.

