Reflexiones

Dedíquese a escuchar

Las cosas no cambian cuando yo le hablo a Dios; las cosas cambian cuando Dios me habla a mí.

Ponerse a escuchar la voz de Dios parece ser un fenómeno que se ha perdido. En medio de la ocupación y de la creciente actividad religiosa se ha olvidado el arte de quietud, en la que consciente y deliberadamente sintonizamos nuestros oídos para oír a Dios.

¿Pudiera ser que no oímos la voz de Dios porque nos hemos entrenado a nosotros mismos para no escucharlo? En nuestros estilos de vida ocupados, apagamos tanto la voz poderosa de Dios, que ya ni siquiera la reconocemos. Tenemos que apartar tiempo para dedicarnos intencionalmente a escuchar la voz de Dios por medio de la oración, de la meditación de su Palabra y de la adoración. Si prestamos atención oiremos su voz, que habla siempre.

Contaré una vivencia que tuve al estar a «solas» con Dios.

Estando mi familia y yo de paseo por el sur de nuestro país, tuve una experiencia que me llevó a ver lo que el Señor podía hacer con vidas que ya no tienen esperanza.

Subí a un pequeño monte a orar, mientras parte de mi familia hacía deportes lejos de allí.

En ese pequeño monte, estaba rodeada de árboles gigantes, donde olía a tierra mojada y a lo lejos se escuchaba un río que corría torrentoso. En ese lugar había varios árboles que estaban botados, quemados y cortados que parecían ser parte del paisaje.

Mientras empezaba a lloviznar y hacia frío, vi que entre esos árboles (que parecían sin vida) surgían pequeños brotes verdes de diferentes tipos de musgos, cada uno más hermoso que el otro. Al estar orando por uno de mis hijos, vi con esperanza que Dios puede transformar vidas que están derribadas y caídas en algo nuevo, diferente y hermosa. Di gracias al Señor porque Él respondió al llanto de una madre por una nueva vida para su hijo pródigo.

«Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!» 2 corintios 5:17 NVI

Colaboración de María Raquel García Visconti.